Lectura: El poder simbólico de las naciones.
Real Instituto Elcano, Madrid.
Autor: NOYA, Javier. 2005.
La hegemonía de la hiperpotencia norteamericana y su reacción
unilateralista ante el terrorismo internacional después del 11-S han vuelto a
reabrir el debate sobre uno de los conceptos centrales en las relaciones
internacionales: el poder. En este contexto, la teoría del poder blando de Joseph
Nye se ha convertido en uno de los argumentos más contestados en foros
académicos y políticos. Aunque anterior en el tiempo, la controversia se ha
reabierto especialmente a raíz de la profunda crisis de imagen que viven los
EEUU tras la guerra de Irak. La cuestión es: ¿puede ser el poder blando un
recurso tan eficaz como el poder duro a la hora de lograr los objetivos de la
política exterior?
En este debate también se ha tocado el papel de la
diplomacia pública, es decir, las políticas de comunicación de los Estados
destinadas a lograr el apoyo de la población de otros países a su política
exterior.
En
este documento[2] en
primer lugar se plantea una crítica teórica de la teoría dualista del poder de
Nye. Para ello nos apoyaremos en la crítica a otro teórico, Pierre Bourdieu,
que incurre en la misma falacia que Nye al tratar las fuentes del poder social
no entre las naciones, sino en la sociedad, es decir, entre individuos o grupos
de individuos. La conclusión a la que se llega es que el poder blando no es un
tipo de poder, sino que cualquier recurso, incluso las capacidades militares,
puede ser blando en la medida en que esté socialmente legitimado para un fin.
Esto hace que el aspecto de la percepción se convierta en el elemento clave.
Consecuentemente, a continuación en el trabajo se
investiga en qué medida las percepciones de los ciudadanos están estructuradas
tal y como propone Nye. El análisis indica que la visión dualista no es
universal. Tiene una base social clara. Es alimentada sólo por determinados
sectores, dentro de cada sociedad: los posmaterialistas. Y comparativamente
refleja sólo los valores de las sociedades avanzadas postmodernas.
2. La
teoría dualista de Nye
El poder blando es la capacidad de “lograr que otros
ambicionen lo que uno ambiciona” (Nye, 2003, p. 30). Es la capacidad de
conformar la agenda de los otros actores, de conseguir que otros Estados
quieran lo que quiere uno.
Cuadro 1. Poder duro y poder blando

La hipótesis de Nye es que con la globalización y la
información el poder blando cobra más importancia, en tanto en cuanto aumentan
los costes de la información y la necesidad de credibilidad (Nye y Keohane,
1998).
Pero,
a decir verdad, la noción de poder blando en realidad comprende dos capacidades
bien distintas:
(1) Capacidad de atraer, de seducir
(persuasión): desde fuera del actor hacia dentro.
(2) Capacidad de configurar las preferencias
(ideología): desde dentro hacia fuera.
En el primer aspecto, el cine y la televisión
norteamericanos son uno de los elementos clave de su poder blando; la
democracia lo sería en el segundo (Nye, 2003, pp. 32-33). Podemos decir que el
primero es el concepto blando de poder blando, y el segundo el concepto duro,
pues tiene más implicaciones.
Cuadro 2. Indicadores de poder blando, según Nye
El
enfoque de Nye ha sido objeto de numerosas críticas. Para unos, el poder blando
es demasiado blando para ser poder (Ferguson, 2003 y 2005). Las potencias
siempre intentan legitimar su Realpolitik con valores altruistas, pero no dudan
en recurrir a su poder duro para lograr sus objetivos. Por lo tanto, el poder
blando es sólo “el guante de terciopelo que envuelve un puño de hierro”
(Ferguson, 2005, p. 75).
Para
otros, no es un tipo diferente de poder, sino, simplemente, poder duro, sólo
que interiorizado y convertido en ideología. Es decir, el poder blando es “un
lobo con piel de cordero” (Rosendorf, 2000).
Finalmente,
otros autores señalan que las contradicciones de la cultura hacen que unas
veces el poder blando pueda ser una prolongación del poder duro, pero que
muchas otras se revele contraproducente para sus fines. El poder blando puede
convertirse en contrapoder (Gitlin, 2003).
Sin
embargo, todos estos críticos aceptan implícitamente el supuesto dualista de
Nye. Lo que hacen es cuestionar la composición o la consistencia de los
factores blandos. Y ello es así básicamente porque sobre todo tienen en cuenta
el concepto blando del poder blando entendido como persuasión.
Por el
contrario, Kennedy acierta de lleno cuando critica la distinción de Nye. Para
ello recurre al ejemplo de la ayuda militar prestada por los EEUU en la
reconstrucción de las sociedades asiáticas afectadas por el tsunami. El uso de
la fuerza militar con fines humanitarios en esa crisis tiene una amplia
legitimación y, no en vano, como demuestra un reciente estudio del Pew Global
Attitudes Project, la imagen de los EEUU ha mejorado en los países musulmanes
de la región. En este caso, se desvanece la diferencia entre poder duro y
blando, dado que lo que justifica la acción militar, dura, son los fines
humanitarios, blandos.
El
poder duro puede tener un lado blando. Pero, en buena lógica, también el poder
blando tiene su lado duro. El mismo Nye en un momento dado admite la
posibilidad al insinuar que el poder blando es cualquier recurso, duro o
blando, siempre y cuando esté revestido de legitimidad. Se tiene “cuando los
países hacen que su poder sea legítimo a ojos de otros” (Nye, 2004, p. 10).
En
esta misma línea Keohane y Grant prefieren hablar de “reputación pública” y
resaltan el hecho de que opera en todos los contextos de la acción
internacional de los Estados.
La percepción y (des)legitimación es parte esencial
del poder. Un recurso se traduce en poder en tanto en cuanto se reconozca como
tal y se considere legítimo.
3. Las fuentes de poder internacional en la mente de los ciudadanos
Nótese
también que en la etnoteoría del poder blando, es decir, en la visión del común
de los ciudadanos que estamos desmenuzando, la ciencia y la tecnología, aunque
puntúan alto en el factor posmoderno o blando, forman parte del poder duro o
moderno.
Por lo
tanto, el primero es el poder blando (el “factor Nye”), y el segundo el poder
duro (el que podemos llamar “factor Kagan”). A los que hay que añadir el poder
geodemográfico. Forzando un tanto la ecuación de Robert Cooper, también
podríamos llamarlos respectivamente poder posmoderno, moderno y premoderno.
El
análisis confirma que China es la gran potencia premoderna, en tanto en cuanto
es el país con mayor puntuación en tamaño y demografía. Curiosamente, puntúa en
penúltimo lugar en la lengua. Es un resultado interesante. Indica que los
ciudadanos valoran las economías de escala y tienen más en cuenta el número de
países en los que se habla la lengua antes que el número de hablantes.
EEUU
es la potencia moderna. Es el país mejor valorado en lo que respecta a poder
militar y desarrollo económico, pero también desarrollo científico y
tecnológico. EEUU es también el peor valorado en el aspecto político, de
calidad democrática, por el efecto de la guerra de Irak y probablemente la
asociación con la violación de derechos humanos, desde Guantánamo a Abu Ghraib.
Para
los españoles España es la potencia posmoderna, la que tiene mejores
puntuaciones en ayuda y cooperación, prestigio de la cultura y hablantes de la
lengua. Alemania también entra en la categoría en tanto en cuanto es el país
más democrático, aunque esta virtud está anulada por el escaso potencial de su
lengua. En las antípodas de Alemania o España están los EEUU, el peor valorado
en el aspecto político, pero también en el cultural, dado el menor prestigio de
su cultura.
Finalmente
es de destacar nuevamente el perfil híbrido del Reino Unido, que puntúa alto en
las variables de modernidad y posmodernidad.
6. Conclusiones
El
poder blando no es un tipo de poder, sino que cualquier recurso, incluso las
capacidades militares, puede ser blando en la medida en que se perciba y se
legitime por un fin blando, por ejemplo, humanitario. Esto hace que el aspecto
de la percepción se convierta en el elemento clave y que de las dos acepciones
de poder blando que de hecho maneja Nye la válida sea la dura, del poder blando
como ideología, y no la blanda, del poder blanco como persuasión.
De
hecho, al analizar las percepciones se constata que el común de los ciudadanos
no tienen esa visión dualista de Nye. Primero, porque tienen una percepción
“realista”, del poder como poder duro, y segundo, porque para ellos no hay
tensión entre los factores duros y los blandos.
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