Lectura: Los lineamientos estratégicos de los EE. UU. post 11-9:
algunas de sus implicancias internacionales y hemisféricas
Autor: Carlos Fabian Calle
En el
mes de septiembre del 2002, el gobierno de los Estados Unidos presentó su
Estrategia de Seguridad Nacional (ESN)1. La ESN está dividida en nueve secciones ordenadas de
acuerdo a dos grandes temas. El primero es la seguridad, el segundo la
economía. El principal compromiso del gobierno, dice el informe, es defender a
la nación de sus enemigos. El segundo, expandir por todo el globo la
democracia, el libre mercado, la lucha contra la corrupción y los derechos
humanos.
El objetivo explícito del ESN es hacer usode esa posición
singular para garantizar décadas de estabilidad, bienestar, paz y democracia.
La posición de los Estados Unidos será mantenida mediante dos estrategias. La
primera es la de los ataques preventivos. Si desde Truman en adelante la
política exterior se basó en una contención agresiva, hoy se basa en una acción
preventiva. La segunda estrategia es la disuasión hacia potenciales
adversarios.
Tal como veremos con posterioridad, la estrategia
preventiva y más proactiva se centrará en la amenaza encarnada por el
terrorismo internacional (y sus vinculaciones con el crimen organizado) y los
denominados “Estados villanos” o “eje del mal” (entre los cuales Bush destaca
los casos de Irak, Irán y Corea del Norte) mientras que la relación con grandes
potencias como China tenderán a conducirse con una mayor dosisde elementos
propios de la disuasión y la contención.
Esta nueva Estrategia de Seguridad tuvo como antecedente
el terrorismo catastrófico del fatídico 11 de Septiembre del 2001. Ya sea en
1950 como en el 2002 ambos documentos definen sus intereses en términos de
amenazas. En el 2002 la amenaza provendría las redes del terrorismo
internacional y su diversas relaciones con los “Estados villanos” dotados de
armas no convencionales.
En el post 11/9 el reto es readaptar las operaciones,
procedimientos y capacidades existentes para este nuevo tipo de guerra.
A partir del 11-9, los enemigos han dejado de ser
básicamente Estados para pasar a ser una red o una compleja organización o
coordinadora de organizaciones como parece ser Al Qaeda. Su importancia como
amenaza pasa a ser su control de armas de destrucción masiva y su eventual
interacción con el terrorismo internacional.
De lo que estoy hablando es de seis o siete países que
han sido clasificados como terroristas, Irak, Irán, Corea del Norte, Libia,
Cuba y Siria (...) países que tiene relaciones con redes terroristas como el
Hezbolá libanés, Al Qaeda, Abu Sayyaf, Hamas y otros que no sabemos.
En los términos constructivistas de Alexander Wendt, la
relación de Estados Unidos con este eje no será una relación kantiana de amigos
o lockeana de rivales sino que será una relación hobbesiana de enemigos o, aun
más aguda, de “hostilidad absoluta” (o sea el no reconocer en el “otro” ningún
tipo de legitimidad ocapacidad de conciliación). Todo ello deriva en al menos
cuatro hechos fundamentales. El primero y más evidente es que Estados Unidos
actuará como un estado revisionista bajo elprincipio “eliminar o ser
eliminado”.
Segundo, la toma de decisiones no tendrá muy en cuenta
las perspectivas futuras posibles sino que se orientará siempre al “peor
escenario”. Bajo este esquema, poco importa la jugada del otro actor en
dirección cooperativa. Tercero, las capacidades materiales relativas serán de
suma importancia.
Mientras Estados Unidospiensa su política exterior en
términos de amenazas, la Unión Europea piensa en términos de desafíos globales,
como el cambio climático, la pobreza, la inmigración, la brecha digital y la
intervención humanitaria. Mientras la Casa Blanca busca enemigos, Bruselas
busca socios. Mientras el Pentágono se preocuparía por los “Estados villanos”,
la UE lo haría por los “Estados fracasados”. No obstante, tal como nos advierte
A. Moravcsik, no se debe descuidar ni desvalorizar el rol estabilizador que la
UE tiene en zonas tan críticas como los Balcanes, Europa Central y del Este así
como en el proceso de transición política y económica en Rusia
La notable capacidad demostrada por la UE en estos temas
y campos, la constituyen en un socio estratégico fundamental para la ESN
estadounidense. Hay una primera mención que la ESN hace del Cono Sur de América
Latina que es para afirmar que esta región, junto a otras, alberga cientos de
terroristas que permanecen ocultos en torno a células organizadas.
Acá, el informe menciona las coaliciones flexibles con
aquellosque comparten las prioridades y valores de los EE.UU..- El objetivo de
las alianzas es promover “seguridad, prosperidad, oportunidad y esperanza”. El
único país que la estrategia menciona de manera separada es Colombia, por
obvias razones. El caso colombiano se constituye en el mayor exponente regional
de una de las claves de la ESN: los EE.UU. ayudarán de manera activa a los
países a desarrollar sus propias capacidades para poder defender su democracia
y estabilidad frente al accionar del narcotráfico, el terrorismo de todos los
signos y el crimen organizado y en el caso que ello no sea suficiente queda la
puerta abierta para intervenciones más directas por parte de la superpotencia.
De todas formas, la importancia que este Documento
Nacional de Seguridad (y aun artículos publicados recientemente en revistas
estrechamente ligadas a la visión estratégica estadounidense) le brinda a la
democracia, el mercado y la no corrupción como factores estabilizadores frente
a enemigos noestatales como el terrorismo internacional y el narcotráfico,
hacen que sea altamente probable que “algo cambie”.
Los debates post guerra fría y post 11-9 en la toma de
decisiones y en la Teoría de las Relaciones Internacionales: buscando las
nuevas certezas
Como afirma George W. Bush, en la presentación de la ESN,
la causa de los Estados Unidos va más allá de la defensa del país. Los Estados
Unidos encarnan, según el informe, el triunfo de la idea liberal frente a
posiciones utópicas basadas en clases sociales razas o religiones.
Por
ello, si por un momento dejamos de lado la tendencia a seguir interpretando el
mundo en términos westfalianos -esto es, focalizando la atención en los Estados
soberanos y sus relaciones de poder-, y orientamos nuestras miradas
hacia los denominados nuevos actores transnacionales o no estatales -entre los
que se destacan los flujos de capitales financieros, el terrorismo
internacional y el crimen organizado-, la ecuación y las conclusiones de ella
derivadas tenderán, seguramente, a complicarse.
Un factor adicional a tomar en consideración en el plano
interestatal o más bien supranacional, es la existencia de la Unión Europea
(UE), un verdadero gigante económico -comercial y financiero-, con un
PBI sumado superior al de los EE.UU., con moneda única, políticas arancelarias
y para-arancelarias comunes y representación unificada en ámbitos claves como
la Organización Mundial de Comercio (OMC). El "enanismo" o
"pubertad" de esta Unión a nivel de capacidades estratégico-militares
(según el abordaje teórico más optimista o escéptico que se consulte) no
invalidan el hecho que la actual unipolaridad en el plano de la “alta política”
convive con una potencia económica de las dimensiones de la UE.
En la visión de Ikenberry, la estrategia posterior a la
segunda guerra mundial de los EE.UU. se basó en un trade off entre
resignar márgenes de maniobra en el corto plazo, y consolidar su poder e
influencia en el largo plazo, estrategia que para este destacado exponente de
la corriente liberal estructural de la Teoría de las Relaciones Internacionales
no sólo no ha perdido actualidad desde 1989, sino que debe ser preservada y
profundizada, en tanto la hegemonía benigna de los Estados Unidos actúa como un
fuerte disuasor frente a los intentos de alianzas interestatales que busquen
activar los tradicionales mecanismos de equilibrio de poder que han operado
cíclicamente en las Relaciones Internacionales.
¿Marcan estas decisiones una tendencia estructural y, por
ende, el principio del fin del "Orden liberal"? Tal como intentaremos
explicar, la respuesta a este interrogante sería "No necesariamente".
Las
tradicionales políticas de equilibrio de poder (basadas en un cálculo casi
físico de las capacidades) dan lugar a lo que S. Walt denomina balance de
amenaza en donde las percepciones de los actores y factores subjetivos influyen
igual o aun más que la cruda distribución de las capacidades al momento de
identificar a los rivales o enemigos
En términos del autor realista S. Van Evera, al analizar
los escenarios de seguridad internacional, se debe prestar particular atención
a la relación existente entre las ventajas o desventajas que, en cada momento
histórico, presentan las posturas ofensivas o defensivas del poder militar. La
modificación de este equilibrio depende de mutaciones en las capacidades
materiales, pero también -y en especial- de las percepciones de los actores
Análisis como los de Waltz o Van Evera, otorgan a la
disciplina nuevos instrumentos para hacer referencia a situaciones tan
concretas como que la mayor amenaza a la seguridad nacional de los EE.UU. puede
no provenir de la segunda potencia nuclear del mundo (Rusia), sino de
organizaciones terroristas potencialmente provistas de armas de destrucción
masiva o que utilizan aviones comerciales o barcos como verdaderos misiles
guiados. A una visión clásica de las Relaciones Internacionales le costaría
concebir que una red integrada por unos pocos miles de terroristas, financiada
con fondos infinitamente menores a los del presupuesto de Defensa de los
EE.UU., pudiera atacar de manera contundente a las capitales económica y
política estadounidenses, tal como ocurrió en Septiembre de 2001.
Entre los aspectos más significativos de estos cambios,
no desprovistos de resistencia por parte de sectores que uno podría definir
como representantes de las alas progresistas y conservadora-nacionalistas del
paradigma westfaliano y estado-céntrico, figura la idea que existen Estados que
por su tipo de régimen y conducta internacional no son legítimos.
Con ello se ratifica una de las ideas fuerza presente en
este trascendental documento, las soberanías nacionales y las estructuras
normativas derivadas del derecho internacional westfaliano no podrán servir de
refugio frente a las acciones de los EE.UU. y sus aliados.
La propia transición larga y, dentro de ella, los hechos
del 11/9 hará que los sectores unilateralistas más lúcidos y pragmáticos
tiendan a converger en temas sustanciales con los multilateralistas
postwestaflianos. De acá podría surgir un nuevo consenso (si bien con los
inevitables matices) que readapte al ordenamiento internacional a las nuevas
realidades, tanto en el campo de la seguridad (el terrorismo catastrófico, el
fenómeno de los "Estados fracasados" y la proliferación de tecnología
hacia actores no estatales), la ecología (el efecto del cambio del clima sobre
las personas y recursos naturales) y la economía (los flujos de capitales
transnacionales y las innovaciones genéticas).
Si asumimos, como lo advierte J. Nye, que cuestiones como
el terrorismo internacional y la globalización financiera requieren de
respuestas caracterizadas por un salto cualitativo en la cooperación y
coordinación entre los Estados y en donde la información y su adecuado
procesamiento adquieren una importancia aun mayor que en el pasado, los
multilateralistas postwestfalianos parecen constituirse en la corriente teórica
y de toma de decisiones que mejor interpretaría el sistema internacional
presente y aun en el mediano y largo plazo. Ello lleva a Nye a proponer a
mediados de la década pasada la necesidad de darle una importancia central a la
información, en otras palabras el asumir que estamos adentrándonos
aceleradamente en una era de la información. Para este destacado académico y ex
funcionario en el campo de la Inteligencia Nacional de la administración
Clinton, esta nueva era tiene su contraparte en el sector de la Seguridad dado
que la conformación de coaliciones de información real y a tiempo entre Estados
aliados se constituye en la mejor forma de hacer frente a las amenazas
asimétricas o no convencionales que a su vez suelen estar ligadas entre si (el
terrorismo, el narcotráfico, el crimen organizado, la depredación ecológica, la
proliferación de tecnología de uso dual, etc.)
Con
respecto al uso de armas no convencionales por parte de terroristas, advertía,
que su uso y adecuada utilización distaba de ser una tarea sencilla. Por lo
tanto, al menos por el momento, el principal riesgo era que algunos de estos
grupos terroristas adquiriera alguna arma de destrucción masiva de los
arsenales de los Estados. No obstante, pese a la necesidad de tener en cuenta
la posibilidad del terrorismo no convencional, el terrorismo seguiría
utilizando explosivos y armas livianas. Mientras tanto, irán creciente
lentamente el terrorismo informático y atentados con armas no convencionales.
Uno de los temas claves para analizar el debate en el
campo de la Teoría de las Relaciones Internacionales y con ello intentar
interpretar el mundo ha sido históricamente la cuestión de las polaridades en el
sistema internacional. En otras palabras, si se trataba de un sistema en donde
imperaban una, dos o múltiples potencias relevantes. Desde la fundadora obra de
Tucídides sobre la Guerra del Peloponeso, esta cuestión ha sido motivo de
debate y diferentes interpretaciones. El periodo posterior al fin de la Guerra
Fría no fue la excepción en este sentido.
Aun S. Huntington, que a comienzos de la década de
los ́90 se inclina por focalizar su
atención en los aspectos culturales y civilizatorios del nuevo contexto
internacional más que en las polaridades estatales, nos brinda un nuevo
término: el unimultipolarismo19. Con ello, Huntington transmite la necesidad de
reconocer la ambivalencia entre el poder incontrastable de los EE.UU. y no
obstante ello la imposibilidad de esta única superpotencia de afrontar de
manera solitaria o unilateral todos los temas relevantes de la agenda
internacional. Todo ello, en un contexto caracterizado por el lento ascenso de
potencias regionales, la naturaleza en gran medida benigna del poder americano
(lo cual retraza la conformación de alianzas que busquen equilibrar su poder) y
el mayor peso e influencia de las variables culturales al momento de explicar
las presentes y futuras alianzas.
Uno de los desafíos teóricos y a nivel del desarrollo de
políticas es el comprender hasta que punto la puesta en el centro de la escena
del terrorismo internacional y sus potenciales aliados (los denominados
“Estados villanos” con sus regímenes políticos no democráticos, respaldo al
terrorismo y desarrollo de armas no convencionales, pero también caracterizados
por carecer de las capacidades militares, demográficas y económicas para
aspirar a ser actores centrales de la estructura de poder internacional)
implica el fin o la atenuación sustancial de las tradicionales disputa de poder
entre los Estados y eventuales escenarios de rivalidad geopolítica como en el
pasado. En otras palabras, ¿a partir de ahora los principales actores estatales
del sistema internacional se verán compelidos a cooperar más estrechamente
entre si frente a la amenaza común del terrorismo y la necesidad de darle una
mayor previsibilidad y estabilidad a la tan mentada globalización económica? ¿O
por el contrario, estos dos desafíos no hacen más que enmascarar o cubrir el
ascenso de un nuevo ciclo de rivalidad y competencia interestatal entre los
EE.UU. y una o más potencias que aspiran a escalar en la estructura de poder
(básicamente la no democrática, demográficamente imponente y nuclearmente
dotada China)?.
La respuesta por nosotros propuesta evita caer en algunos
de estos dos extremos, si bien tiende a acercarse más al primer interrogante.
Para ello nos basamos en reconocer que la amenaza representada por el
terrorismo internacional dotado de estrategias asimétricas y, a futuro, armas
de destrucción masiva representan un peligro claro y presente. Más aun si como
parece, algunos de sus principales mentores parecen haber detectado
(certeramente) importantes grados de sensibilidad (para no hablar de
vulnerabilidad) en la globalizada e interdependiente economía internacional.
La coexistencia entre el “balance de amenaza” y el
“balance de poder”: el rol de Rusia y China en la nueva agenda (guerra al
terrorismo) y en la agenda tradicional (competencia interestatal)
Es por lo tanto la guerra al terrorismo un periodo de
transición que separa la Guerra Fría y la bipolaridad 1945-1989 de una
repetición de la misma pero con China en el lugar de la URSS ?. Planteado en
términos tan extremos y cíclicos, la respuesta sería no.
En el caso de Huntington, en su ya famosa obra sobre el
choque de las civilizaciones se advierte sobre el peso central que los aspectos
culturales tendrán en la determinación de los escenarios de competencia y
cooperación en el sistema internacional. En este contexto, Huntington destaca
la previsible y creciente tensión entre el mundo Occidental con China y el
mundo musulmán.
En el caso de Huntington, en su ya famosa obra sobre el
choque de las civilizaciones se advierte sobre el peso central que los aspectos
culturales tendrán en la determinación de los escenarios de competencia y
cooperación en el sistema internacional. En este contexto, Huntington destaca
la previsible y creciente tensión entre el mundo Occidental con China y el
mundo musulmán.
J. Maersheimer, uno de los más destacados exponentes del
denominado realismo ofensivo subraya la necesidad que los EE.UU. procedan a ver
la China como un rival estratégico y como una potencia ascendente que debe ser
contenida por medio de estratégicas de offshore balancing o balances de
poder regionales tal como los realizados por el Reino Unido en el pasado con el
propósito de evitar el ascenso de potencias regionales hegemónicas y con
aspiración global
En el mismo sentido J Nye argumenta sobre la necesidad de
que los EE.UU. combinaran de manera sofisticada y sostenida un mix de elementos
de contención y de compromiso25. Para cumplir con lo primero, se requería la
articulación de crecientes relaciones económicas, políticas y militares entre
los EE.UU. y los vecinos de China tales como el mismo Vietnam comunista, dotar
a Taiwán de la capacidad de la autodefensa, preservar y adaptar la presencia
militar de los EE.UU. en Japón y Corea del Sur, alentar la reconciliación y la
cooperación entre las restantes potencias asiáticas que por razones históricas
tienen resquemores entre si (el caso de Japón y Corea del Sur) igual o mayores
que los elementos que las hacen ver a China como una amenaza o como un rival.
En cuanto a los elementos de compromiso, se destaca el potenciar los procesos
de inserción de China el mercado internacional, su lento proceso de apertura
política, el alentar el desarrollo mayores grados de intereses económicos
cruzados entre China y las potencias Occidentales y su incorporación al
entramado de regímenes e instituciones internacionales tales como la OMC. La
visión subyacente en este documento, parece ser la de actuar simultáneamente
desde visiones de rival estratégico y de socio económico.
El vínculo estratégico con Rusia y China: más diferencias
que semejanzas
Por
ende, ¿este mayor acercamiento entre los EE.UU., Rusia y China en materia de
lucha contra el terrorismo implica la licuación sustancial de las tensiones
geopolíticas a largo plazo entre estos Estados?. Una respuesta taxativa hacia
cualquiera de las posibilidades tendería a desconocer los fuertes matices y
complejidad del tema. De lo que se puede estar razonablemente seguro es que una
respuesta afirmativa se limitaría básicamente a la relación entre Washington y
Moscú por las razones que desarrollaremos inmediatamente. No obstante, no
parece ser comparable el escenario en lo que respecta a la relación geopolítica
y de seguridad a largo plazo entre Washington y Beijín.
Tal
como hemos visto previamente, tanto en el ámbito académico, como de influyentes
columnistas que abordan temas internacionales y de documentos oficiales como la
ESN, China es considerada un rival o un competidor estratégico de primera
importancia (vis-à-vis otras potencias regionales). Su fuerte crecimiento
económico (con cifras que duplican y triplican el promedio del crecimiento de
las potencias Occidentales), su masa demográfica, sus características
continentales, la existencia de una extensa diáspora a lo largo de Asia, los
antecedentes históricos sobre la fuerza de corrientes nacionalistas y con
profunda desconfianza hacia Occidente, la naturaleza autoritaria de su régimen
político, la existencia de violaciones sistemáticas de los DD.HH., su economía
aun altamente regulada y estatizada, su capacidad termonuclear y de misiles
intercontinentales (basados en tierra y en submarinos), sus tensiones militares
y diplomáticas con Taiwán, los antecedentes aun relativamente cercanos de su
intervención militar (directa e indirecta respectivamente) en las guerras que
los EE.UU. enfrentaron en Corea y en Vietnam, las fuertes tensiones sociales,
ecológicas y políticas que se esperan en su proceso de reformas, el peso
político y económico interno de sus Fuerzas Armadas y su política de
transferencia de tecnología bélica no convencional a países rivales de los
EE.UU. en Asia y Medio Oriente, son algunos de los factores a tener en cuenta.
Por todos ello y tal como ya lo recomendaba el documento elaborado por J. Nye a
mediados de los ́90, los EE.UU. deberían
de llevar a cabo un mix de contención y compromiso con China.
Tal
vez, la cooperación contra el enemigo en común que representa el terrorismo
islámico no tienda a alterar de manera sustancial esta ecuación. Si en cambio,
parece posible asistir a un salto cualitativo en lo que se refiere a la
relación entre la potencia unipolar y Rusia. En este sentido, la fuerte
influencia del Islam en amplias regiones limítrofes a Rusia y guerras abiertas
como es el caso de Chechenia y en menor medida en Georgia colocan a Moscú como
un actor indispensable e interesado en la guerra al terrorismo internacional de
raíz fundamentalista. Otra variable del campo de la seguridad, pero de fuerte
contenido geopolítico es la trascendencia que tendría Rusia en una estrategia
amplia de contención a una futura superpotencia China.
“las
misiones determinan las coaliciones y no a la inversa” como forma de enfatizar
la necesidad de mente abierta y flexibilidad al momento de articular alianzas
(muchas de ellas ad hoc) en la guerra contra el terrorismo internacional
y los Estados ligados a esta amenaza
Aun
antes del 11-9 pero con particular fuerza luego de estos hechos, se ha mostrado
partidario de una profunda reforma cualitativa de la estructura de las Fuerzas
Armadas de su país. La idea de es contar con un poder militar que aproveche al
máximo las innovaciones tecnológicas, que esté dotado de flexibilidad y
capacidad de reacción para hacer frente a un escenario incierto y con amenazas
asimétricas y no convencionales. Un cambio desde la posición mental de
cuantificar las capacidades del rival interestatal, a centrar más la atención
en el “balance de amenazas” de actores no estatales y que operan en red.
En
este escenario, la inteligencia tiene un rol central así como la cooperación
internacional.
Reflexiones finales, mirando al hemisferio occidental
El
fin de la guerra fría incrementó las referencias y la preocupación por la
existencia de las “nuevas amenazas” o “amenazas asimétricas”, encarnadas por
problemáticas tales como el terrorismo, el narcotráfico, el tráfico de armas
livianas y de tecnología QBN y el crimen organizado.
En
este sentido, se conjugaron la existencia de fuertes turbulencias políticas,
sociales y económicas, un fuerte crecimiento de la inseguridad ciudadana–y aun
más, de la percepción de inseguridad-, la escalada de situaciones de conflictos
históricos como es el caso de Colombia, la violencia social en la Argentina
durante el 2001, el desafío por parte de bandas armadas al poder estatal en
importantes ciudades del Brasil y la presencia y el accionar de grupos ligados
al terrorismo internacional. De ello se puede concluir, que si bien en regiones
como Medio Oriente y Asia los riesgos a la estabilidad internacional derivan de
la presencia de “Estados fuera de la Ley” o “Villanos” dotados de armas no
convencionales y lazos con redes del terrorismo internacional, en América
Latina la amenaza parece surgir más bien de “Estados débiles” y de tendencias
al desorden y el caos que, a su vez, tienden a potenciar el accionar de las
amenazas asimétricas.
En
términos del Secretario General de la OTAN, Lord Robertson, se debe reconocer
que los medios y actores no militares tienen un rol central en la lucha contra
el terrorismo y las nuevas amenazas pero que también el factor militar tiene
misiones relevantes que cumplir
resulta
absurdo que un Estado no use todas sus capacidades para hacer frente a este
nuevo escenario estratégico. En este contexto, las fuerzas militares no podrían
trabajar adecuadamente sin un marco político-estratégico que guíe su acciona
siendo fundamental entrenar adecuadamente a los militares y capacitarlos para
facilitar y optimizar su interacción con las agencias civiles dentro del
respeto de los derechos y la seguridad de los ciudadanos. Concluye afirmando
que cabe tener en cuenta que el uso desproporcionado o inadecuado de la fuerza
derivará en algo ineficiente y contraproductivo.
La
desestabilizadora combinación de “Estados terroristas” o “villanos”, las redes
del terrorismo internacional –y sus aliados tácticos o estratégicos a niveles
regionales o nacionales- y la proliferación de armas no convencionales pasó a
ser el centro de la preocupación de las próximas décadas. En este contexto, la
ESN realiza un agudo análisis sobre la interacción y cooperación entre el
terrorismo internacional y el crimen organizado así como la necesidad de poner
límite a la difusión de “espacios o zonas no gobernadas” y “Estados débiles”
que sirven de base a este tipo de actores no estatales. Frente a la naturaleza
de estas amenazas, la cooperación bilateral y multilateral en materia de
Seguridad, Defensa, flujos financieros y de mercaderías pasa a tener una
importancia vital. En este contexto, the Rule of Law y la fortaleza del
Estado democrático y de sus instituciones adquieren una relevancia estratégica
concreta frente a enemigos no estatales que ven en los “Estados débiles” y
“democracias no liberales” un terreno fértil para su accionar.
En
otras palabras, la nueva estrategia tiene el potencial de conjugar y
compatibilizar intereses nacionales básicos de los países del hemisferio
(estabilidad, seguridad, calidad institucional, transparencia y desarrollo), de
ayudar a desideologizar el debate e implementación de la necesaria readaptación
de la tradicional división entre Seguridad y Defensa así como de poder
debilitar aquellas posturas que por intereses o prejuicios no asumen la
existencia de un nuevo escenario de seguridad hemisférica e internacional.
Asimismo, y de vital importancia, sería capaz de afectar las fuerzas tectónicas
propulsoras del caos y la debilidad de los Estados de las que se valen las
nuevas amenazas para incrementar su poder. De darle una adecuada articulación
política, de avanzar en nuevas formas de cooperación y coordinación –tanto
dentro como entre los Estados del hemisferio- en los campos de la Seguridad y
Defensa así como una adecuada comunicación social, dependerá que estos sectores
más refractarios o directamente perjudicados por la búsqueda de Ley y el Orden
no puedan sumar a amplios sectores políticos y sociales o incrementar su poder
frente a la fuerza de la ley y la estabilidad. Se trata, en suma, de que el
Estado pueda seguir garantizando –y en otros casos, volver a garantizarlos- el
derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, que son los
tres derechos básicos en una democracia liberal.
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